Marcelino Perelló
Nadie sabe a ciencia cierta qué fue de ese hombre durante treinta años. A pesar de ser todo un personaje, de celebridad considerable, se le perdió la pista del todo. Él se propuso que se la perdieran, y lo logró. Se escabulló por completo. Renunció a todo. Excepto a la vida y a sus convicciones.
Bobby Fischer ganó el Campeonato Mundial de Ajedrez en 1972, en Reykjavik, Islandia, venciendo al hasta entonces campeón, Boris Spassky, por 12.5 puntos a 8.5. En el ajedrez cada partida ganada vale un punto y cada entablada medio. Bobby ganó siete y perdió tres; once fueron tablas.
Existía una gran expectación mundial en torno al encuentro. Mucho más allá de los círculos meramente ajedrecísticos, e incluso de los deportivos, donde a menudo, y de manera un tanto abusiva, suele encajonarse al tablero mágico.
La llamada “guerra fría” todavía se encontraba en plena vigencia. El enfrentamiento entre los dos modelos de sociedad, encabezados por la URSS y Estados Unidos, conocía sus mejores días y se daba en todos los planos. El peligro de que se desencadenara, de un momento a otro, la Tercera Guerra Mundial, esta vez nuclear, estaba en las mentes y en los corazones encogidos de toda la gente. La resistencia de Vietnam alcanzaba su mayor incandescencia, y el enfrentamiento entre árabes e israelitas era encarnizado. Las revoluciones china y cubana eran más beligerantes que nunca. Chile se encaminaba decidido hacia el socialismo.
Era el tiempo de la carrera espacial, y en el que los Juegos Olímpicos se habían convertido en un auténtico choque de trenes de las dos megapotencias. Precisamente ese año, las Olimpiadas se celebraron en Múnich, exactamente al mismo tiempo que se disputaba el match entre Spassky y Fischer. Sólo cinco días después que éste se coronara campeón, se produjo la célebre “masacre de Múnich”, en la que once atletas israelíes perdieron la vida a manos de un comando de Septiembre negro, la temible organización armada palestina.
Así pues, no es de sorprender que el campeonato de Reykjavik despertara un enorme interés y se convirtiera en un capítulo especialmente llamativo de esa Guerra Fría. Además, era la primera vez que un gringo pretendía realmente convertirse en campeón mundial y disputar la supremacía abrumadora a los soviéticos. Algunos autores consideran al también estadunidense Paul Murphy el primer campeón del mundo, a mediados del siglo XIX. Pero entonces los torneos no estaban del todo establecidos. Por cierto, el legendario Murphy también murió loco.
En Islandia —cuyo nombre curiosamente remite a “hielo” y no a “isla”, como la geografía y la trasliteración al español hacen creer— Fischer perdió la primera partida en buena lid. Ha de haber hecho un berrinche mayúsculo, pues a la segunda no se presentó y la perdió por default. Pero de las 19 partidas restantes, Spassky sólo pudo ganarle una. Era inconcebible. Bobby no sólo batió al imbatible Boris, sino que lo borró del tablero. A la continuación del último juego, después de los primeros cuarenta movimientos, ni siquiera se presentó. Se quedó durmiendo en el hotel, sabedor que su adversario se rendiría. Así fue.
No puedo no contarle aquí la ocurrencia que circuló entonces acerca de cómo había dado a conocer la prensa soviética el resultado de Reykjavik. Se trata, obviamente, de una ocurrencia soviética. “El día de ayer finalizó el Campeonato Mundial de Ajedrez. Nuestro representante, el gran Boris Spassky, a pesar de las condiciones adversas a las que fue sometido, obtuvo un honrosísimo segundo lugar. En cambio, el jugador estadunidense, Robert Fischer, que gozó del claro favoritismo de los jueces, sólo pudo quedar en penúltimo lugar”.
A partir de ese momento, Fischer desaparece. Sólo sale a la superficie en tres o cuatro ocasiones, para impugnar a la Federación Internacional, afirmando que no es más que una farsa. En 1975 se niega a defender su título y es desposeído. Crea su “ajedrez aleatorio”, en el que las piezas mayores son dispuestas, siguiendo ciertas reglas, al azar, para evitar la rutina de las aperturas y las defensas canónicas.
Perseguido por la justicia de su país por traición, al haber osado jugar de exhibición en la bloqueada Yugoslavia, en una aparición fantasmagórica de 1992, huye al extranjero. Nadie sabe dónde estuvo ni qué hizo. En 2001 declara a una radio Filipina que el atentado a las Torres Gemelas es “una noticia maravillosa”. Años después califica a Bush de asesino y criminal de guerra.
Finalmente es identificado y detenido en el aeropuerto de Tokyo, en 2005, y se prepara su extradición a Estados Unidos. Pasará casi un año en una prisión japonesa. Su adversario Boris Spassky pide públicamente ser encarcelado junto a él. “Sólo déjennos jugar ajedrez”, declara. Sin embargo, la intervención del Parlamento Islandés, que por unanimidad le concede refugio político y la nacionalidad islandesa, lo salva.
Y ahí pasará los últimos años, en silencio. Las causas directas de su muerte nunca fueron del todo esclarecidas. Se dice que poco antes fue internado a causa de crisis agudas de paranoia. Toda especulación es legítima. Su vida y su muerte habrán sido, para siempre más, un misterio. A su entierro, en el cementerio de Laugardela, sólo asistieron cinco personas. Bobby tenía 64 años, tantos como las casillas del tablero.
Como aquellos alpinistas que, al conquistar la ansiada cumbre, caen desfallecidos, Bobby Fischer, en el escenario ártico y magnífico de su antigua gloria, se dejó morir. De languidez. “Que se detenga en el lugar sagrado. Eso dice la vida”.
Fuente: ExOnLine